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¿Qué motiva a los trabajadores? Básicamente el dinero dice Taylor. Una mezcla de factores no monetarios (conciliación con la vida familiar, realizarse en el puesto, libertad de creatividad, et.) dice Pink.

No creo necesario acudir a extensos estudios, y los hay, para llegar a la conclusión de que el dinero es un factor importante para motivar a un trabajador. Ejemplos como Wilkipedia, la donación de sangre o la participación en una ONG no sirven como demostración de que no es el dinero el factor determinante de la actividad laboral. Las personas participan en las mencionadas redes sociales no para comer todos los días sino para satisfacer otras inquietudes. En todo caso, esta participación desinteresada, es demostración de que, aparte del dinero, existen otros factores de satisfacción que motivan al individuo y esto último no lo niega nadie.

Probablemente la aportación de Pink sea que el factor dinero va perdiendo importancia a medida que la sociedad evoluciona y las organizaciones se hacen más sofisticadas.

El mundo que Taylor, a caballo entre el siglo XIX y XX, es un mundo industrial en el que medir el resultado de un trabajo es un ejercicio relativamente sencillo. La lógica lleva a ligar el salario con la producción y el resultado es fácilmente medible y comprensible por todos los implicados. Es un mundo en el que la sociedad, sin estar en un nivel de sobrevivencia, tiene memoria histórica de ésta y por ello sus necesidades se satisfacen fundamentalmente al contar con unos ingresos regulares que permitan atender las necesidades básicas (comida, vestido y hogar) y poco más.

En el mundo de hoy, a caballo entre el siglo XX y el XXI, las necesidades básicas están atendidas incluso en épocas de crisis: el estado del bienestar sirve para asegurar ese mínimo de sobrevivencia. La sociedad tiene otras aspiraciones que no siempre se satisfacen con el dinero.

Aquellas organizaciones que son ejemplo de un buen sistema de gestión han aplicado principios que van más allá del “pay for performance” tayloriano. Probablemente Google o Microsoft no habrían llegado a ser los líderes en sus mercados si se hubieran quedado encallados en los principios de gestión del siglo pasado, de hecho estoy seguro de que no habrían llegado ni a existir.

Entonces ¿que motiva al trabajador? Creo que no sería descabellado llegar a una fórmula en la que un porcentaje importante, digamos el 50%, lo representara el dinero y el resto una mezcla de motivaciones como seguridad en el trabajo, conciliación de la vida familiar y laboral, realización en el puesto de trabajo, etc.

El problema en la aplicación de una fórmula de ese tipo, supuesto que se pudiera llegar a elaborar, es que:

1)    Los pesos de los factores y los factores mismos variarán necesariamente entre sectores económicos y entre trabajadores de un mismo sector.

2)    No resultará sencilla de comprender, y no digamos de aplicar, ni por el responsable de la organización ni por el trabajador.

Todo ello lleva a que, a pesar de las aportaciones de personas como Pink, seguiremos poniendo el mayor énfasis en el dinero y dejaremos a la habilidad de los gestores de recursos humano “adivinar” los otros factores que motivan al trabajador.

En el mundo global las noticias vuelan y, con la misma rapidez, desaparecen de los telediarios y de nuestras mentes. Toda esa oleada de solidaridad  que generan las imágenes impactantes de la tragedia de Haití se difuminarán con el tiempo quedando en nada.

Todos queremos ayudar ahora y, algunos, hacerse una buena foto. El resultado es el que se podía esperar: el aeropuerto de Puerto Príncipe está colapsado y la ayuda se agolpa allí sin llegar a los damnificados. Además una marabunta de voluntarios, muchas veces con más voluntad que conocimientos, de periodistas, de autoridades y de un largo etcétera corren al país para ayudar, ser testigos o aparecer. ¿Son conscientes de que lo que están haciendo es agotar los escasos recursos con los que cuenta la zona de la catástrofe? Me pregunto si los equipos de periodistas, necesarios por otro lado para cubrir la noticia, van con el necesario apoyo logístico: tienda de campaña para alojarse, comida, generador, vehículos, carburante y cualquier otro elemento necesario para ser autosuficiente sin detraer recursos de la zona de la catástrofe ni poner más presión en los equipos de atención a los damnificados.

Un buen sistema de gestión de una catástrofe tiene que tener en cuenta estos elementos. Por ello me uno al mensaje del portal E-mergencia:

NO ENVÍEN MEDICAMENTOS, NO ENVÍEN COMIDA, NO ENVÍEN MANTAS Y CONTENGAN EL DESEO DE AYUDAR EN PERSONA.

La mejor ayuda posible es el envío de respaldo económico a través de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales de confianza.

La mejor ayuda posible  por parte de la ciudadanía y en este punto no es para esta semana, es para los próximos meses.

Hemos sido testigos recientemente de suficientes y sonados casos que muestran cómo en la gestión los experimentos suelen llevar a magníficos fracasos.

Como ejemplos baste mencionar la burbuja puntocom o más recientemente la burbuja inmobiliaria y, a nivel micro, las sonadas quiebras de Lehman Brothers o Enron por citar solamente aquellas que probablemente más tinta impresa han consumido.

Supongo que todo el mundo puede estar de acuerdo en que, aparte de la repercusión económica de estos hechos, su imaginativa gestión ha supuesto la desgracia personal de muchos.

Intentando buscar un común denominador creo que su origen estuvo en desarrollar una gestión que poco tenía que ver con el objetivo primario de la organización y mucho con la introducción de modelos innovadores de gestión tendentes a conseguir beneficios derivados de actividades colaterales.

Simplificando mucho, los puntocom cayeron cuando los inversores se hartaron de comprar número de visitas a una página sin ver un solo euro de beneficio. La supuesta escalada imparable de precios de los inmuebles se paró en seco y cayó en picado tan pronto como el mercado se dio cuenta de que se estaba construyendo para inquilinos que no existían.

La caída de Lehman Brothers se debe probablemente a que olvidó que su papel no era atesorar hipotecas basura en la esperanza de que el mercado siempre subiría, sino en monetizar su inversión. El caso de Enron Corporation es más sintomático, durante seis años consecutivos la revista Fortune catalogó a la compañía como la más innovadora de EEUU y no puedo estar más de acuerdo ya que sus prácticas contables fueron, desde luego, tan innovadoras que permitieron producir cuentas de resultados muy saneadas basadas en aire.

Tal vez sería conveniente repensar cómo deberían ser gestionadas las organizaciones (públicas o privadas) y, dejando experimentos aparte, concentrarse en esas viejas virtudes de la gestión: determinación, disciplina, conservar la calma ante crisis y  tomar decisiones solamente después de haber valorado todas las evidencias relevantes disponibles (Collins dixit).

Así, tal vez, todos podamos ser más felices.

En la película South Park, la canción Blame Canada refleja cómo los padres culpan a los canadienses por el comportamiento de sus hijos tras haber visto una película de esa nacionalidad.

Su gestión de la crisis creada por el comportamiento de los niños es muy similar al ocurrido recientemente en España ante imprevistos que han degenerado en crisis nacionales.

Los padres no consideran que tal vez ellos tengan alguna responsabilidad y deban evitar que sus hijos vean películas no dirigidas a ellos. Tal vez los padres no dotaron a sus hijos con herramientas intelectuales suficientes que les permita distinguir la ficción de la realidad. A lo mejor los hijos pueden resistir la persecución de la satisfacción inmediata parándose a pensar unos minutos en las consecuencias de sus acciones.

El resultado de todo ello es que ante la crisis creada la solución se encuentra en Blame Canada, es decir busca implacablemente un culpable en lugar de buscar las causas reales de la crisis. Ello puede dejar satisfechos a muchos pero, evidentemente, deja abierta la recurrencia de la crisis.

De manera similar hemos asistido a cómo, en el caso del barco Alacrana secuestrado en las costas de Somalia durante 47 días, tanto los familiares, como los pescadores, los periódicos, los partidos en el gobierno y en la oposición y el Gobierno mismo han hecho un esfuerzo digno de mejor causa para encontrar un culpable que no fuera ellos mismos.

Y es que desde la inocencia del que se puede permitir el lujo de ver estas cosas desde fuera me pregunto ¿porqué hay barcos europeos pescando en las costas de Somalia? y ¿porqué hay piratas en Somalia?

Creo que una gestión efectiva de la crisis pasa por conocer qué origina que en un punto determinado del planeta confluyan en el tiempo dos hechos: 1) que el beneficio generado por la captura de atún en esas costas supere los riesgos que asumen los que van a esos mares y 2) que el beneficio generado por la piratería sea superior al generado por empleos alternativos.

Poner vigilantes de seguridad en los barcos no lo veo como una solución y crea una falsa seguridad. Me pregunto cuánto tardarán los piratas en dotarse de medios de guerra más poderosos para contrarrestar los de los vigilantes.

De manera muy parecida se está gestionando la crisis de Haidar.

Yo me atrevería a pensar que el problema está tal vez en que el gobierno español de la época hizo dejación de sus responsabilidades y cedió a Marruecos un territorio que administraba bajo mandato de la ONU y, complementariamente, el gobierno marroquí actual está decidido a incorporar el territorio sin tener en cuenta las resoluciones de la ONU ni preguntar a la población autóctona.

Como parece ser que el problema es la entrada de Haidar en España sin documentación, la solución diseñada es forzar al gobierno de Marruecos a readmitirla en el territorio. Y me atrevo a preguntar ¿cuánto tiempo pasará antes de que haya otra Haidar?

Se están gestionando estas crisis siguiendo lo que dicen las últimas dos líneas de la canción:

We must blame them and cause a fuss

Before somebody thinks of blaming us!

(Tenemos que echarles la culpa y montar un escándalo

Antes de que alguien piense en echarnos la culpa)

La gestión eficaz de una crisis pasa por identificar los problemas e intentar su solución, no en la búsqueda implacable de culpables. La segunda opción ocasiona que las crisis sean recurrentes. La historia, lamentablemente, me da la razón: el Alacrana  no es el primer barco secuestrado ni el caso Haidar es el primer desencuentro España – Marruecos.

Vengo de ver la película Ágora de Alejandro Amenabar. Evidentemente este no es un sitio para comentar las bondades de la película, pero quiero aprovechar la ocasión para dar mi visión particular de tres enfoques a la gestión del cambio.

Tengo que realizar una advertencia fundamental: el análisis que realizo se deriva de lo que muestra la película y no pretende en ningún momento ser un análisis historicista cuyo sitio tampoco es este.

Me centro en los que considero son los tres caracteres principales Hipatia de Alejandría, el Prefecto Orestes y Cirilo de Alejandría puestos en un momento histórico de cambio social en donde los protagonistas deben gestionar el mismo.

Comencemos por Hipatia, filósofa, matemática y astrónoma, y escasamente dotada para darse cuenta que sus herramientas intelectuales pertenecen a otras épocas en donde la tolerancia es más apreciada que la fuerza bruta. El resultado es que su posición queda ninguneada en la vorágine de los acontecimientos sin que su fuerza intelectual sirva para influir en los acontecimientos: Gestión equivocada al elegir herramientas inapropiadas para la situación.

El Prefecto Orestes, consciente de que el cristianismo es la fuerza creciente, abraza la nueva fe y pretende que desde su posición civil puede gobernar para todos sin enfrentarse a ninguno. Sus acciones son de reacción ante los acontecimientos: Gestión reactiva que va por detrás de los hechos por lo que los acontecimientos le sobrepasan y se ve expuesto a la humillación personal y del puesto que representa.

Finalmente Cirilo tiene un plan claro para extender el cristianismo y su poder en Alejandría. Para ello actúa directa o indirectamente a través de los apoyos que considera oportunos en cada momento: Gestión proactiva que provoca los acontecimientos liderando siempre la situación.

A pesar de la advertencia al principio, la realidad histórica no debe de alejarse demasiado de este análisis puesto que tanto los primeros como los segundos desaparecieron del devenir y fueron barridos por la marea cristiana.

“No nos podemos permitir tonterías, porque un certificado mal dado hundiría el sistema. Este negocio no trata de vender papeles, sino confianza” leo que dice un responsable de Aenor en El País de hoy con ocasión de un artículo que celebra los “20 años de calidad ISO”.

Acudiendo a la organización ISO para completar y, de paso corroborar, las  cifras que da el columnista, vemos que España es efectivamente el cuarto país del mundo en número de certificaciones ISO 9001 por detrás, en este orden, de China, Italia y Japón.

Y yo me pregunto, aparte de Japón, ¿se podría sacar alguna conclusión de que los otros tres países no sean conocidos precisamente por la excelencia en la gestión y/o calidad en la producción?

Parece como si los responsables de organizaciones de estos países con “peor fama” tuvieran que demostrar con algún tipo de certificación externa que ello son “buenos”.

A lo mejor esto es una nueva utilidad del proceso de certificación externo, y otra distracción para el objetivo último de perseguir la excelencia en la gestión.

¿Cuántas veces hemos oído esa frase? Si alguien no la ha escuchado que corra a comprar un número de la lotería porque ha nacido con estrella.

Lamentablemente los máximos responsables de demasiadas organizaciones pierden la oportunidad de mejorar su sistema de gestión enfocando su futuro con una visión miope, no ya a corto plazo sino a antes de ayer.

No hay que engañarse, en demasiados casos el objetivo de conseguir la certificación del sistema de gestión de calidad según la norma ISO 9001 viene promovida por imposiciones del mercado, por ejemplo un cliente importante de la organización, o en el caso de las administraciones públicas por una decisión de un nivel superior.

Es una decisión no meditada y sin fundamentar en la identificación de las carencias de la organización.

Limitar el objetivo a conseguir la certificación ISO 9001 (ese sello) sin aprovechar la circunstancia para realizar una más o menos completa ingeniería de procesos es, en mi opinión, tirar el dinero.

Emplear recursos en un proceso de certificación olvidándose de que la gestión de calidad  es parte de la planificación estratégica de la organización muestra, cuanto menos, una cierta falta de liderazgo efectivo.

Esta primera entrada pretende ser mi declaración de intenciones sin, por ello, renunciar a la polémica.

Creo que el comité técnico AEN/CTN 66 encargado de la traducción al castellano de la norma ISO 9001 es responsable del mayor atentado que se ha perpetrado contra la propagación del concepto de mejora continua en el mundo castellano parlante.

El atentado lo realizó en el mismo título al convertir un texto que en inglés dice claramente Quality management systems en un oscuro Sistemas de gestión de la calidad.

No pretendo ser filólogo, los que tengáis a bien curiosear en la página veréis que soy economista, pero Quality management quiere decir gestión de calidad y en ningún caso se debe traducir por gestión de la calidad. Esto último sugiere que la organización va a gestionar la calidad y no a realizar una gestión de calidad que es lo que implica el texto original en inglés.

Este imperdonable atentado es el origen del famoso “… esto lo hacemos para eso del ISO …” que en tono entre fastidiado y despectivo hemos oído tantas veces a aquellos profesionales que se les ha impuesto un modelo de gestión de la calidad olvidando que el sistema de gestión debe de diseñarse para ayudar al profesional a ser más eficaz gestionando eficientemente los recursos de la organización.