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Archive for 28 febrero 2010

No soy el primero que piensa que a grandes males grandes soluciones y que enfrentados al problema de Afganistán hay que diseñar una gestión del cambio que se salga de los baremos al uso. Probablemente si hubiera que identificar un combustible que alimenta la disfuncionalidad de la nación afgana, el opio saldría en un puesto muy aventajado si no en el primer lugar. No creo que haya mucha gente que no ligue producción ilegal de opio a mafias y corrupción y, puesto todo ello en el coctel afgano resulta en la casi imposible gobernabilidad del país.

¿Cómo enfrentarse a ello? Desde el punto de vista del gestor nunca existen las recetas milagrosas pero si hay que tener claro que elementos puede mezclar para diseñar una solución aceptable.

En un lado se sitúa la receta, por lo que revela la experiencia no muy exitosa, de la guerra sin cuartel a la producción que ha sido y es la aplicada hasta el momento y apoyada de buena fe por las organizaciones internacionales (ONU, OMS) y probablemente de “tapadillo” pero muy eficazmente por los corruptos y mafiosos que se benefician de la prohibición.

En el lado opuesto se encuentran aquellos que piensan que se necesita un cambio radical en cómo enfrentarse al problema y, por ello mismo, realizar una verdadera planificación estratégica que permita a Afganistán convertirse, junto con India, en un exportador legal de opio y romper el círculo vicioso de productor ilegal, mafia, corrupción.

Según el documento de Greenfield, Victoria A.; Paoli, Letizia; and Reuter, Peter H. (2009) “Is Medicinal Opium Production Afghanistan’s Answer?: Lessons From India and the World Market,” existen cinco razones para rechazar la legalización de la producción: la producción ilegal continuaría, el desvío de producción legal al circuito ilegal es inevitable, este desvío seguiría alimentando la corrupción, posiblemente no habría mercado suficiente para la producción y, por último, las instituciones Afganas carecen de la capacidad para gestionar una industria farmacéutica legal.

Todo ello podría ser o no ser cierto, no son más que hipótesis sobre una situación inexistente y no probada. Mi pregunta a los que se oponen a la legalización de la producción es: Si se consigue que un porcentaje de la producción salga del circuito ilegal (véase mafioso-corrupto) ¿no habrá ese mismo porcentaje disminuido en la misma proporción el combustible que alimenta la ingobernabilidad del país? No existen recetas milagrosas, la planificación estratégica para la gestión del cambio exige mojarse y adoptar medidas innovadoras cuando las medidas tradicionales han fracasado.

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¿Qué motiva a los trabajadores? Básicamente el dinero dice Taylor. Una mezcla de factores no monetarios (conciliación con la vida familiar, realizarse en el puesto, libertad de creatividad, et.) dice Pink.

No creo necesario acudir a extensos estudios, y los hay, para llegar a la conclusión de que el dinero es un factor importante para motivar a un trabajador. Ejemplos como Wilkipedia, la donación de sangre o la participación en una ONG no sirven como demostración de que no es el dinero el factor determinante de la actividad laboral. Las personas participan en las mencionadas redes sociales no para comer todos los días sino para satisfacer otras inquietudes. En todo caso, esta participación desinteresada, es demostración de que, aparte del dinero, existen otros factores de satisfacción que motivan al individuo y esto último no lo niega nadie.

Probablemente la aportación de Pink sea que el factor dinero va perdiendo importancia a medida que la sociedad evoluciona y las organizaciones se hacen más sofisticadas.

El mundo que Taylor, a caballo entre el siglo XIX y XX, es un mundo industrial en el que medir el resultado de un trabajo es un ejercicio relativamente sencillo. La lógica lleva a ligar el salario con la producción y el resultado es fácilmente medible y comprensible por todos los implicados. Es un mundo en el que la sociedad, sin estar en un nivel de sobrevivencia, tiene memoria histórica de ésta y por ello sus necesidades se satisfacen fundamentalmente al contar con unos ingresos regulares que permitan atender las necesidades básicas (comida, vestido y hogar) y poco más.

En el mundo de hoy, a caballo entre el siglo XX y el XXI, las necesidades básicas están atendidas incluso en épocas de crisis: el estado del bienestar sirve para asegurar ese mínimo de sobrevivencia. La sociedad tiene otras aspiraciones que no siempre se satisfacen con el dinero.

Aquellas organizaciones que son ejemplo de un buen sistema de gestión han aplicado principios que van más allá del “pay for performance” tayloriano. Probablemente Google o Microsoft no habrían llegado a ser los líderes en sus mercados si se hubieran quedado encallados en los principios de gestión del siglo pasado, de hecho estoy seguro de que no habrían llegado ni a existir.

Entonces ¿que motiva al trabajador? Creo que no sería descabellado llegar a una fórmula en la que un porcentaje importante, digamos el 50%, lo representara el dinero y el resto una mezcla de motivaciones como seguridad en el trabajo, conciliación de la vida familiar y laboral, realización en el puesto de trabajo, etc.

El problema en la aplicación de una fórmula de ese tipo, supuesto que se pudiera llegar a elaborar, es que:

1)    Los pesos de los factores y los factores mismos variarán necesariamente entre sectores económicos y entre trabajadores de un mismo sector.

2)    No resultará sencilla de comprender, y no digamos de aplicar, ni por el responsable de la organización ni por el trabajador.

Todo ello lleva a que, a pesar de las aportaciones de personas como Pink, seguiremos poniendo el mayor énfasis en el dinero y dejaremos a la habilidad de los gestores de recursos humano “adivinar” los otros factores que motivan al trabajador.

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